Posteado por: joseluisros | 5 agosto, 2008

¡Aurrela Justizia!

       

 

 

 

 

 

 

       

 

         Como todos sabéis perfectamente, ese monstruo llamado De Juana Chaos que cree, al igual que multitud de iluminados en el País Vasco, que la libertad es un derecho único e intransferible propiedad exclusiva del “pueblo vasco”, ha salido en libertad después de una condena de 18 años de prisión por “solamente” 25 asesinatos y otra de 3, la cual acaba de finalizar. Y, evidentemente, su salida ha levantado ampollas, en las víctimas estupefactas porque un hombre que les ha hecho tanto mal salga en libertad y en ciertos sectores sociales, a raíz de la apertura de diligencias por una misiva que se supone firmaba el etarra, que piensan, y no sólo en el País Vasco, que De Juana Chaos es un símbolo perseguido injustamente por la rabia que muchos albergan contra los terroristas, rabia que, según ellos, provoca que el Estado de Derecho actúe injustamente contra estas personas.

 

        Recuerdo perfectamente las noticias y los comentarios que pude escuchar y leer cuando, hace ya tres años, estuvo a punto de salir impune De Juana de los delitos de enaltecimiento del terrorismo por los que finalmente fue condenado. Había personas que, criticando la aplicación del sistema de reducción de penas por buen comportamiento a los terroristas, defendían su puesta en libertad, puesto que Chaos había cumplido ya los 18 años de prisión. Incluso, no contentos con eso, argumentaban que los delitos de enaltecimiento del terrorismo que se le imputaban respondían a la presión popular por la laxa condena. Estas personas, resulta evidente, pensaban en aquél momento movidos por el pensamiento progre puesto en marcha por Zapatero, que defendía lo indefendible por oponerse a lo que dijera el PP. Sin embargo, no se daban cuenta de lo más sencillo, que De Juana es un terrorista sanguinario que no se ha arrepentido y que nunca se arrepentirá (al menos eso nos dice su conducta), y que por ser él, no debe de beneficiarse de ninguna trato preferente, muy al contrario, si enaltece al terrorismo y debido a sus antecedentes, debe ser más fuertemente castigado, es decir, su pasado no lo exime, sino que le condena.

 

        También recuerdo, como supongo que les pasará a ustedes, los acontecimientos más recientes relativos a la huelga de hambre del terrorista. Acontecimientos que sembraron la discordia entre aquellos que en ningún caso podían consentir que saliese en libertad y los que veían esa posibilidad como factible. Sinceramente, a ese respecto, he de confesar que yo mismo me posicioné del lado de los que veían esa opción como una derrota parcial y por lo tanto asumible, ya que creo, y pienso que no me equivoco, que la muerte de De Juana en prisión hubiese sido una razón más para que la banda continuase con sus tétricas actividades. Su muerte hubiese creado un mártir difícil de olvidar que habría empujado a nuevos vascos a las redes de la banda, habría representado una acción similar a los GAL, salvando las distancias, ya que habría supuesto la equiparación moral del Estado a los terroristas, la equiparación moral de los demócratas a los terroristas, habría representado que no nos importa la vida, y, sinceramente, a mí me importa la vida, hasta la de este asesino.

 

        Sin embargo, lo que se puso de manifiesto en todo aquél proceso fue que se debían de endurecer las penas para los terroristas y demás asesinos en serie, que no era de recibo que una persona cumpliese una condena de menos de nueve meses por asesinato y que nuestros políticos, al unísono, nos habían fallado al no haber tenido una mínima previsión, al enzarzarse en absurdas disputas mientras nuestras libertades eran violadas.

 

        Así llegamos al presente, en el cual el de Legazpia sale en libertad y aunque parezca mentira eso es de ley, como se suele decir, o en otras palabras sale en virtud de la ley, aunque no lo merezca en ningún caso y las víctimas, como es normal, se vean traicionadas por los políticos y por las leyes que estos han impulsado o simplemente mantenido (en este caso mantenerlas también es delito, aunque sea político, no como sucede con las placas). Y a mí me es imposible no intentar ponerme en su lugar, en el lugar de una persona a la que le han matado a su padre o a su hermano, una persona que piensa que un asesino sin escrúpulos va a vivir en su misma calle, que tendrá que verlo cuando vaya a comprar el pan, que tendrá que soportar que se siente en el asiento de atrás en el autobús y que no sabrá nunca si ese va a ser su último viaje, si desde el asiento de atrás le van a susurrar “¡Aurrela bolie!”, porque, puestos ha contar, qué más le da un veintiséis.

 

 

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